El tren se detuvo delante de ella. En los segundos que estuvo detenido, ella esperó a que alguien bajara. Muchas personas bajaron, pero no ese alguien. Nadie bajó para ella.
Ella se sentó en un banco. Ahora nadie la acompañaba. El tren partió. El tren que dejó a nadie a su lado.
Silencio. El tren se escuchaba a lo lejos, pero era silencio. Ella no dijo nada y nadie le contestó. Se quedaron solos, nadie junto a ella, nadie se convirtió en alguien. Alguien a su lado, de noche. Y ella comenzó a temerle a ese alguien. De noche, ella le temía. Solos.
Ella esperaba el tren, alguien, no sabía. “¿Quién es este?” se preguntó ella. Este, que estaba sentado junto a ella, de noche, solos. “¿Por qué se tiene que sentar acá este?” volvió a preguntarse ella, mientras lo miraba de reojo. Él le devolvió la mirada; ella, como distraída, miró para otro lado. Obviamente no había nada en ese otro lado, pero a ella no le importaba. Lo único que quería era que él no se diera cuenta de que lo estaba mirando. Ella trató de recopilar lo que vio de él. ¿Era alto? ¿Era flaco? ¿Era blanco? ¿Era buen mozo? Ella no estaba segura, no llegó a ver nada. No pudo ver nada, “¿Cómo es él?” se preguntó ella. Tenía que volver a ver, no podía con tanta curiosidad.
Otro tren llegó de la nada. Ella se sobresaltó. Increíble que en medio de tanto silencio pudiera surgir tanto ruido. Alguien estaba haciéndole señas desde la puerta, así que ella se levantó y se subió. Ella se fue con alguien sin saber quien era él.
Nicolás Mauro
Nicolás Mauro
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