viernes, 25 de febrero de 2011

Escenas


Estación Constitución. Domingo 13/03/05, 20:20 hs.

DOS
Una mujer joven con cartera pasa por la vereda de la estación. Tres chicos comienzan a seguirla de cerca. Una pareja de edad madura observa la escena desde la vereda de enfrente. El hombre dice a su mujer: “mirá qué hijos de puta, le quieren afanar la cartera o el celular”.  La mujer joven se da cuenta de que está siendo acechada por los chicos. Toma con fuerza la cartera, apura el paso y trata de eludirlos. La pareja de edad madura continúa mirando. Yo estoy parada junto a ellos y también miro. El hombre repite: “¡qué hijos de puta!”. Yo estoy en silencio. Ellos no hacen nada. Yo no hago nada. Los chicos se dispersan al ver que se acerca un patrullero. Tienen entre diez y trece años de edad. 

       Ana Laura Lopez

domingo, 20 de febrero de 2011

Estúpidos idiotas

Les grito en la cara, a todos ustedes. Me dan asco, ahí sentados, mirándome con los ojos perdidos, esperando un comedia o un drama, en sus endebles estructuras mentales.
Están vacíos, no son más que basuras. ¡Juzgan y le declaran la guerra al diferente y no son capaces de mirar la mierda de sus culos! Se creen sagaces, vivos y ventajeros con esas caretas de sociedad correcta, escondiendo la basura debajo de una alfombra de rutina. Cáscaras vacías, vendieron su alma por estabilidad y aprendieron a reírse falsamente.
Ahora les vomito el acido en sus cabezas y no encuentro nada, son pobres chimpancés evolucionados viviendo con herramientas futuristas. No pudieron ir mas allá, lo mataron todo y se dejan llevar como corderos, los esquilman y no tienen posibilidad de quejas.
Me dan lastima, abriéndose de piernas, dejándolos pasar uno tras otro, mientras buscan un poco de sentimiento y no placer. Y así, sin mas conciencia que se propio capricho, hieren al siguiente por los errores del anterior, sin jugarse por nada. Vaciaron su personalidad, sus mentes y levantaron ladrillo a ladrillo un muro delante de su corazón. Separaron la realidad del sentimiento por ser débiles. Entrenaron el cuerpo, pulieron la imagen y sin mas poder que el de unas frases bonitas salieron a encontrar algo que no saben que es, o si lo quieren.
Con un aerosol escribieron en sus muros la lista de agujeros en donde acobacharse para pasar el invierno, le pusieron el tilde de puta y las redujeron a objetos. Malditos maniquíes del sin sentido del placer.
Y en este mundo ciegos, nacieron tuertos miopes. Pero se arrancaron el ojo para no tener responsabilidad, para echarle la culpa a otro. No se arrepienten de nada y se arrepienten de todo, y saltando de un pie a otro viven en bipolaridad.
Y yo soy el loco, metido en acá adentro, viviendo la realidad aunque lastime. Me juzgaron y no me dieron a elegir. Y hoy que la mordaza se aflojo les escupo en la cara, solo por el gusto de ver que ninguna palabra va a hacer meya en sus corazas. Pobres e infelices entupidos idiotas.


             Rodrigo Rey (se le agradece)

jueves, 10 de febrero de 2011

Escenas

Estación Constitución. Domingo 13/03/05, 20:20 hs.

UNO
Un chico toma una botella y la golpea con fuerza contra el piso. La botella, previsiblemente, se rompe y el chico se queda con el pico en la mano. Agarra otra botella y repite la operación. Ahora tiene un pico en cada mano. Se acerca a otro chico, mayor que él, blandiendo los picos astillados. No conozco en detalle las reglas del juego pero, visto de afuera, parece sencillo: el chico quiere lastimar al grande y el grande debe esquivar al chico. No sé quién ganará. Ni siquiera sé si alguien gana. Finalmente el chico se cansa y arroja los picos a la calle, sobre la senda peatonal, justo en el momento en el que una mujer cruza por ella. Los picos se rompen en pedazos que saltan en distintas direcciones. La mujer sale ilesa. El chico tiene unos siete años de edad.

      Ana Laura López

martes, 1 de febrero de 2011

Ella

El tren se detuvo delante de ella. En los segundos que estuvo detenido, ella esperó a que alguien bajara. Muchas personas bajaron, pero no ese alguien. Nadie bajó para ella.
Ella se sentó en un banco. Ahora nadie la acompañaba. El tren partió. El tren que dejó a nadie a su lado.
Silencio. El tren se escuchaba a lo lejos, pero era silencio. Ella no dijo nada y nadie le contestó. Se quedaron solos, nadie junto a ella, nadie se convirtió en alguien. Alguien a su lado, de noche. Y ella comenzó a temerle a ese alguien. De noche, ella le temía. Solos.
Ella esperaba el tren, alguien, no sabía. “¿Quién es este?” se preguntó ella. Este, que estaba sentado junto a ella, de noche, solos. “¿Por qué se tiene que sentar acá este?” volvió a preguntarse ella, mientras lo miraba de reojo. Él le devolvió la mirada; ella, como distraída, miró para otro lado. Obviamente no había nada en ese otro lado, pero a ella no le importaba. Lo único que quería era que él no se diera cuenta de que lo estaba mirando. Ella trató de recopilar lo que vio de él. ¿Era alto? ¿Era flaco? ¿Era blanco? ¿Era buen mozo? Ella no estaba segura, no llegó a ver nada. No pudo ver nada, “¿Cómo es él?” se preguntó ella. Tenía que volver a ver, no podía con tanta curiosidad.
Otro tren llegó de la nada. Ella se sobresaltó. Increíble que en medio de tanto silencio pudiera surgir tanto ruido. Alguien estaba haciéndole señas desde la puerta, así que ella se levantó y se subió. Ella se fue con alguien sin saber quien era él.

       Nicolás Mauro