Historias de mierda
viernes, 1 de abril de 2011
Historias de Mierda
El objetivo es escribir relatos que cuando el lector termine de leer exclame "¡Que mierda!" por los más variados motivos (puede ser de una historia tan cliché y melosa hasta el relato escatológico de "lo que hace un rey en su trono", pasando por una historia sumamente oscura y traumatizada).
Domingo, 18:30
El reloj avanza con su tic-tac inexorable, mientras las facturas se resecan sobre la mesa, junto a un mate frío y lavado. Afuera el cielo se pone de un naranja que hiere la vista y, sin embargo, uno casi ni lo nota, absorto como está en el rincón de la casa más lleno de pelusas.
¿Por qué será que las tardes de domingo son tan espesas? Si hasta el pecho parece llenarse de vidrio molido y en nuestra cabeza estalla la resaca de la borrachera semanal. Típico vacío de lo que pudo ser y no fue; de lo imposible que nunca será y de lo que es, y nos atormenta por su contundencia.
A la hora en que todo parece vano, uno se pregunta si ese tic-tac es la promesa de tiempos mejores, o la amenaza de un lunes que se aproxima.
Entonces nuestra mente planea escapes y nos juramos y rejuramos que esta semana cambiaremos nuestra vida: empezaremos la dieta; haremos reiky; iremos al gimnasio; renunciaremos al trabajo o conseguiremos un nuevo empleo; comenzaremos terapia; mandaremos a la mierda a nuestros padres; nos enamoraremos e iremos a pescar el próximo domingo. Mentiras piadosas… ¿Así se llaman, no?
Pero hasta entonces sólo resta esperar, así que nos sentamos a paladear satisfechos ese dolorcillo que se nos cuela por la garganta. Y, si es posible, lo alimentamos con algún tema de Lou Reed, Pink Floyd o Radiohead…
El monstruo crece conforme el sol se oculta. Hace su nido en un plato con fideos recalentados y sólo se asoma para escuchar los resultados de los partidos de primera.
Pero quizás tengamos la suerte de que un vino dulce bese nuestros labios; de que una mano ansiosa acaricie nuestra espalda; de que la cama se agite en un latir desenfrenado; o de que, simplemente, den una buena película en la tele y haya helado en el freezer. Un horizonte pequeño para un día en el que uno se siente pequeño.
Y luego sólo nos queda retirarnos, porque mañana será otro día y al que madruga Dios lo ayuda. Atrás queda un reguero de cosas sin arreglar y un lamento de bisagra mal aceitada. Atrás queda el cielo naranja, el mate lavado, las facturas resecas, el tic-tac inexorable y el rincón, que sigue lleno de pelusas…
Ana Laura López
viernes, 25 de febrero de 2011
Escenas
Estación Constitución. Domingo 13/03/05, 20:20 hs.
DOS
Una mujer joven con cartera pasa por la vereda de la estación. Tres chicos comienzan a seguirla de cerca. Una pareja de edad madura observa la escena desde la vereda de enfrente. El hombre dice a su mujer: “mirá qué hijos de puta, le quieren afanar la cartera o el celular”. La mujer joven se da cuenta de que está siendo acechada por los chicos. Toma con fuerza la cartera, apura el paso y trata de eludirlos. La pareja de edad madura continúa mirando. Yo estoy parada junto a ellos y también miro. El hombre repite: “¡qué hijos de puta!”. Yo estoy en silencio. Ellos no hacen nada. Yo no hago nada. Los chicos se dispersan al ver que se acerca un patrullero. Tienen entre diez y trece años de edad.
Ana Laura Lopez
domingo, 20 de febrero de 2011
Estúpidos idiotas
Les grito en la cara, a todos ustedes. Me dan asco, ahí sentados, mirándome con los ojos perdidos, esperando un comedia o un drama, en sus endebles estructuras mentales.
Están vacíos, no son más que basuras. ¡Juzgan y le declaran la guerra al diferente y no son capaces de mirar la mierda de sus culos! Se creen sagaces, vivos y ventajeros con esas caretas de sociedad correcta, escondiendo la basura debajo de una alfombra de rutina. Cáscaras vacías, vendieron su alma por estabilidad y aprendieron a reírse falsamente.
Ahora les vomito el acido en sus cabezas y no encuentro nada, son pobres chimpancés evolucionados viviendo con herramientas futuristas. No pudieron ir mas allá, lo mataron todo y se dejan llevar como corderos, los esquilman y no tienen posibilidad de quejas.
Me dan lastima, abriéndose de piernas, dejándolos pasar uno tras otro, mientras buscan un poco de sentimiento y no placer. Y así, sin mas conciencia que se propio capricho, hieren al siguiente por los errores del anterior, sin jugarse por nada. Vaciaron su personalidad, sus mentes y levantaron ladrillo a ladrillo un muro delante de su corazón. Separaron la realidad del sentimiento por ser débiles. Entrenaron el cuerpo, pulieron la imagen y sin mas poder que el de unas frases bonitas salieron a encontrar algo que no saben que es, o si lo quieren.
Con un aerosol escribieron en sus muros la lista de agujeros en donde acobacharse para pasar el invierno, le pusieron el tilde de puta y las redujeron a objetos. Malditos maniquíes del sin sentido del placer.
Y en este mundo ciegos, nacieron tuertos miopes. Pero se arrancaron el ojo para no tener responsabilidad, para echarle la culpa a otro. No se arrepienten de nada y se arrepienten de todo, y saltando de un pie a otro viven en bipolaridad.
Y yo soy el loco, metido en acá adentro, viviendo la realidad aunque lastime. Me juzgaron y no me dieron a elegir. Y hoy que la mordaza se aflojo les escupo en la cara, solo por el gusto de ver que ninguna palabra va a hacer meya en sus corazas. Pobres e infelices entupidos idiotas.
Están vacíos, no son más que basuras. ¡Juzgan y le declaran la guerra al diferente y no son capaces de mirar la mierda de sus culos! Se creen sagaces, vivos y ventajeros con esas caretas de sociedad correcta, escondiendo la basura debajo de una alfombra de rutina. Cáscaras vacías, vendieron su alma por estabilidad y aprendieron a reírse falsamente.
Ahora les vomito el acido en sus cabezas y no encuentro nada, son pobres chimpancés evolucionados viviendo con herramientas futuristas. No pudieron ir mas allá, lo mataron todo y se dejan llevar como corderos, los esquilman y no tienen posibilidad de quejas.
Me dan lastima, abriéndose de piernas, dejándolos pasar uno tras otro, mientras buscan un poco de sentimiento y no placer. Y así, sin mas conciencia que se propio capricho, hieren al siguiente por los errores del anterior, sin jugarse por nada. Vaciaron su personalidad, sus mentes y levantaron ladrillo a ladrillo un muro delante de su corazón. Separaron la realidad del sentimiento por ser débiles. Entrenaron el cuerpo, pulieron la imagen y sin mas poder que el de unas frases bonitas salieron a encontrar algo que no saben que es, o si lo quieren.
Con un aerosol escribieron en sus muros la lista de agujeros en donde acobacharse para pasar el invierno, le pusieron el tilde de puta y las redujeron a objetos. Malditos maniquíes del sin sentido del placer.
Y en este mundo ciegos, nacieron tuertos miopes. Pero se arrancaron el ojo para no tener responsabilidad, para echarle la culpa a otro. No se arrepienten de nada y se arrepienten de todo, y saltando de un pie a otro viven en bipolaridad.
Y yo soy el loco, metido en acá adentro, viviendo la realidad aunque lastime. Me juzgaron y no me dieron a elegir. Y hoy que la mordaza se aflojo les escupo en la cara, solo por el gusto de ver que ninguna palabra va a hacer meya en sus corazas. Pobres e infelices entupidos idiotas.
Rodrigo Rey (se le agradece)
jueves, 10 de febrero de 2011
Escenas
Estación Constitución. Domingo 13/03/05, 20:20 hs.
UNO
Un chico toma una botella y la golpea con fuerza contra el piso. La botella, previsiblemente, se rompe y el chico se queda con el pico en la mano. Agarra otra botella y repite la operación. Ahora tiene un pico en cada mano. Se acerca a otro chico, mayor que él, blandiendo los picos astillados. No conozco en detalle las reglas del juego pero, visto de afuera, parece sencillo: el chico quiere lastimar al grande y el grande debe esquivar al chico. No sé quién ganará. Ni siquiera sé si alguien gana. Finalmente el chico se cansa y arroja los picos a la calle, sobre la senda peatonal, justo en el momento en el que una mujer cruza por ella. Los picos se rompen en pedazos que saltan en distintas direcciones. La mujer sale ilesa. El chico tiene unos siete años de edad.Ana Laura López
martes, 1 de febrero de 2011
Ella
El tren se detuvo delante de ella. En los segundos que estuvo detenido, ella esperó a que alguien bajara. Muchas personas bajaron, pero no ese alguien. Nadie bajó para ella.
Ella se sentó en un banco. Ahora nadie la acompañaba. El tren partió. El tren que dejó a nadie a su lado.
Silencio. El tren se escuchaba a lo lejos, pero era silencio. Ella no dijo nada y nadie le contestó. Se quedaron solos, nadie junto a ella, nadie se convirtió en alguien. Alguien a su lado, de noche. Y ella comenzó a temerle a ese alguien. De noche, ella le temía. Solos.
Ella esperaba el tren, alguien, no sabía. “¿Quién es este?” se preguntó ella. Este, que estaba sentado junto a ella, de noche, solos. “¿Por qué se tiene que sentar acá este?” volvió a preguntarse ella, mientras lo miraba de reojo. Él le devolvió la mirada; ella, como distraída, miró para otro lado. Obviamente no había nada en ese otro lado, pero a ella no le importaba. Lo único que quería era que él no se diera cuenta de que lo estaba mirando. Ella trató de recopilar lo que vio de él. ¿Era alto? ¿Era flaco? ¿Era blanco? ¿Era buen mozo? Ella no estaba segura, no llegó a ver nada. No pudo ver nada, “¿Cómo es él?” se preguntó ella. Tenía que volver a ver, no podía con tanta curiosidad.
Otro tren llegó de la nada. Ella se sobresaltó. Increíble que en medio de tanto silencio pudiera surgir tanto ruido. Alguien estaba haciéndole señas desde la puerta, así que ella se levantó y se subió. Ella se fue con alguien sin saber quien era él.
Nicolás Mauro
Nicolás Mauro
jueves, 27 de enero de 2011
Probable enfermedad del Señor H
… no es ya vida, sino muerte en movimiento.
Giogio Agamben, “Umbral”, en Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida
El señor H. se ha sometido a un complejo estudio genético, gracias al cual ha descubierto que tiene un ochenta por ciento de probabilidades de sufrir una extraña enfermedad mortal.
Ochenta por ciento es una probabilidad muy alta, es cierto. Podría decirse que se trata casi de una certeza, si no fuera por ese veinte por ciento restante.
Por otra parte, el ochenta por ciento le da al señor H. una noción aproximada de las chances que tiene de sufrir tal desventura, pero nada indica respecto de cuándo podría llegar a ocurrir (de ocurrir, por supuesto. No hay que olvidar el veinte por ciento. Ese bendito veinte por ciento)
Mientras tanto, el señor H. se encuentra perfectamente sano. Se trata sólo de un enfermo en potencia. Aunque bien podría suceder que fuera el veinte por ciento el que prevaleciera sobre el ochenta, en cuyo caso el señor H. morirá, efectivamente, algún día, sólo que no será como producto de esta rara enfermedad, sino por alguna causa indeterminada.
De modo que, aferrándose a ese veinte por ciento de posibilidades, el señor H. ha decidido llevar una vida más sana: abandonó el cigarrillo, el sexo, el alcohol, la cafeína, las grasas y aceites; sale a correr todas las mañanas, consume gran cantidad de vitaminas, antioxidantes y productos lácteos con sustancias que refuerzan las defensas del organismo.
Sin embargo, cada día, la sombra de ese ochenta por ciento lo carcome y lo sume en una desesperación, que sólo se sosiega al fantasear con cometer las locuras más grandes. Si va a morir, ¿por qué no llevarse con él a más de uno? ¿Por qué no sacarse la mordaza de la corrección y escupirle a cada uno lo que se merece? ¿Por qué no entregarse a todos los excesos?
Y la respuesta siempre es la misma: porque hay un veinte por ciento de esperanza. Así que el señor H. debe contentarse con seguir soñando e ir a trabajar todas las mañanas, saludar cortésmente a todos y comer su ensalada baja en colesterol y grasas trans.
Pero, pese a todo, el señor H. se siente aliviado: es una suerte que le hayan descubierto esto a tiempo. Quizás se encuentre una cura o un tratamiento efectivo. No como antes, que uno podía morirse sin previo aviso; viviendo el día a día con una completa ignorancia de los porcentajes y probabilidades futuros.
Ana laura López
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